Libres de Verdad

30. Sufrir – ¡Tiene un gran valor en tu vida!

Season 1 Episode 30

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¿Te sientes desanimado, angustiado por el dolor, sea físico o espiritual?

¡Sé fuerte! ¡No te rindas! 

Unido a la Cruz de Cristo todo da fruto en la eternidad. 

Caminemos juntos en este sendero de esperanza. 

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¿Alguna vez te has sentido perdido, sin misión y esperanza? Yo también experimenté ese vacío, pero un encuentro tocó mi corazón transformando mi vida. Hola, soy Brenda, y hoy quiero recordarte que en medio del mundo podemos perdernos volviéndonos esclavos. Pero hay alguien que ha roto las cadenas del pecado y de la muerte para siempre. Dios lo ha hecho por amor a ti. A por nosotros, para que seamos libres de verdad. Debo admitir que tengo miedo a sufrir. No me gusta. Suelo huir de ello si es posible. Muchas veces no comprendo el por qué o el para qué. ¿Cuántas veces pensé si es que había hecho algo que le habría disgustado a Dios? ¿Te ha pasado también a ti? Recuerdo cuando un sacerdote me dijo al respecto, «Entrégale todo a Cristo. Él quiere todo de ti, tus angustias, tus alegrías, tus anhelos y todos tus sufrimientos. Y cuando estos te parezcan invencibles, mira un crucifijo, contémplalo. Jesús sufrió mucho por ti y lo hizo por amor». Sus palabras me dejaron bastante reflexiva. ¿Cómo podía olvidar lo que meditaba en el Santo Rosario sobre la vida de mi Señor? Llegó a sudar sangre en el huerto de los olivos. Fue flagelado y herido con bofetadas, golpes en su cabeza. Y llevó encajada la cruz de espinas. Y encima cargó la cruz hasta el Gólgota. Ver sus manos traspasadas, la soledad de haber sido abandonado por casi todos sus apóstoles. Resonaron las palabras de Jesús en mi corazón. Ningún discípulo es más que su maestro. Y pensé. ¿Cómo puedo quejarme yo si mis problemas o mis dolores no se comparan con los de Él? Pero Dios es tan amoroso y paciente que no le basta una solución superficial. Algo así como, mira cuánto sufrí, deja de quejarte tú.

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No,

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ahora lo comprendía. El consejo que me había dado el sacerdote era más bien, contempla al crucificado Y es que Dios nos ama con locura, tanto que en la más mínima de nuestras tristezas o pensamientos le duelen también a Él. Cuánto me maravillan sus palabras en el Evangelio según San Mateo. Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, dirá a los de su derecha, «Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me recibieron, estuve desnudo y me vistieron». Estuve preso y me visitaron. Ellos preguntarán, ¿Cuándo te vimos? Y Él responderá, Cuando lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, a me lo hicieron. Al leer la vida de los santos, comprendí que todos y cada uno de ellos lograron soportar inmensos calvarios, fueran físicos o espirituales, uniéndolos a Cristo y experimentándolos pacientemente con amor. Esa era la pieza que me faltaba. Hasta el más mínimo dolor y sufrimiento tiene sentido. Además, me santifica porque me acerca a ese Cristo sufriente que veo hoy en el crucifijo. Cuando uno sufre con aquel que ama, transforma el dolor en una unión mucho más íntima y fuerte. Religión en Libertad, portal digital de Noticias Católicas, redactó un artículo sobre este intrigante tema que hoy quiero compartir contigo. Dice así. El Papa San Juan Pablo II dijo con gran certeza. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Todo ser humano le tiene tanto terror al sufrimiento como a la muerte, por lo que no somos lo suficientemente conscientes de que los sufrimientos y las adversidades nos convienen. A cualquiera que le digan esto de inmediato replicará, «A no me conviene sufrir». Sin embargo, recordemos que todo nos viene de Dios y nada de lo que Él permite es para nuestro mal. El abad francés Vital Lijodey afirmaba algo interesante. La adversidad es una mina de oro de donde se pueden sacar las más sublimes virtudes y los méritos inagotables. Y es que el sufrimiento humano es una forma de compartir con Cristo sus sufrimientos. Porque si queremos resucitar con Cristo, primero hemos de vivir con Cristo como Él nos ha pedido, como cuando dijo, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a mismo, tome su cruz y me siga». Tu cruz es todo aquello que te sucede sin que lo comprendas, lo que te duele, lo que te humilla, lo que no logras entender totalmente. He aquí que el valor del sufrimiento a los ojos divinos no radica en sentirnos víctimas ni en resignarnos, ni en soportar hasta que pase como quien se aguanta el mal sabor de una mala medicina. No, el valor del sufrimiento a los ojos de Dios se encuentra esencialmente en el amor. Así que el sufrimiento humano, para ser realmente transformador, ha de ser vivido en el amor a Dios, es decir, en comunión con Él, quien aceptó nuestra condición humana y se sometió por todos los hombres al sufrimiento de la muerte en la cruz, resultando en que cuando se sufre amando, se termina por no sufrir, porque cada vez nos unimos más al ser amado. San Pablo escribía en su carta a los colosenses una frase que a muchos ha dejado atónitos. Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo que es la iglesia. ¿Acaso San Pablo está diciendo que Cristo no sufrió plena y completamente por nosotros? ¿Faltó algo? Continúa el artículo Pues vale la pena detenernos aquí ya que el apóstol deja entrever una joya escondida La Iglesia Católica nos enseña que a la pasión de Cristo no le falta absolutamente nada en cuanto a su valor redentor infinito y suficiente para salvar a toda la humanidad. Sí, Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres. En eso estamos totalmente de acuerdo. Pero a lo que se refiere San Pablo es que lo que falta es nuestra participación. Piénsalo, Dios ha querido que los cristianos no sean meros espectadores, sino que participen libremente en su obra salvadora. Si nos fijamos bien, San Pablo usa la imagen de la iglesia como el cuerpo de Cristo. De manera que, si la cabeza del cuerpo es Cristo quien ya sufrió, ahora son los miembros de este cuerpo, nosotros, la iglesia, agregados a él por medio del bautismo, quienes están también debemos pasar por el sufrimiento para que el cuerpo esté plenamente configurado con Jesús. Por este motivo, cuando un cristiano sufre para bien de la Iglesia, como escribía San Pablo, sus padecimientos adquieren un valor sobrenatural y se convierten en fuente de gracia para otros. Sólo el amor de Dios puede aliviar la carga de la existencia y mitigar su dolor. Por ello, añade el artículo, Pidamos a Dios que nos haga comprender que nuestros sufrimientos son signos claros de su amor a nosotros, porque es sabido que el camino hacia Dios pasa por el sufrimiento, tal como nos dice nuevamente el apóstol San Pablo en su segunda carta a Timoteo. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. Si queremos vivir con Cristo después de nuestra muerte, no tenemos otro camino que el señalado por este mismo apóstol cuando aseveró. Una cosa es cierta. Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él. Si sufrimos pacientemente con Él, también reinaremos con Él. Aceptemos el sufrimiento porque éste nos acerca al Señor que es nuestro amado. Míralo siempre desde este ángulo. El sufrimiento nos identifica con el Señor y nos hace semejantes a Él. No nos resignemos sencillamente porque a esto le falta el ingrediente más importante, el amor. La pasión de Cristo no nos privó del sufrimiento ni de la muerte, más bien nos une a Él. Y es así que le da a nuestro sufrimiento y a nuestra muerte un valor y poder redentor. ¿Cómo? Ya lo afirmaba San Pablo, «Si sufrimos pacientemente con Él, también reinaremos con Él». La plataforma digital Proyecto Emmaus, fiel a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo plasmadas en la doctrina de la Iglesia, en uno de sus artículos narraba cómo vivieron el dolor los santos al describir lo siguiente. Santa Teresa de Ávila, religiosa carmelita del siglo XVI, solía repetir, sufrir o morir, proclamando así no querer una vida cómoda y sin cruz, sino aprovechar cada tribulación para amar más a Cristo. Por su parte, San Juan Eudes, sacerdote y misionero francés del siglo XVII, enseñaba algo precioso que decía, «Dios prueba a sus amigos por medio del sufrimiento. Es en la prueba donde el alma se purifica como el oro en el crisol». Desde los primeros tiempos de la iglesia, los monjes ofrecían ayunos, vigilias y mortificaciones físicas voluntarias para compartir de algún modo los sufrimientos de Cristo y así asemejarse más a Él, entonando lemas como «Quien de veras ama a Dios, ama la cruz», guiando con ello la vida conventual. Esta espiritualidad entendía que Cristo sufre en sus miembros y que cada religioso, soportando con fe sus dolores o privaciones ofrecidas al Señor, podía exclamar con San Pablo, «Estoy crucificado con Cristo». San Luis María Griñón de Montfort, sacerdote francés del siglo XVIII, más reconocido por su lema de A Jesús por María, aseguraba que No hay cruz sin Jesús, ni Jesús sin cruz. El verdadero discípulo de Cristo abraza la cruz con amor, no la rehúye. Ya desde el siglo V, el obispo de Hipona San Agustín llegó hasta exclamar, «Gran pena es vivir sin pena», indicando con ello que una vida sin sufrimiento o sin penitencia es una desgracia, pues nuevamente agregaría el obispo que, «Sin sufrimiento, sin cruz, no hay virtud sólida, no hay salvación». En otras palabras, desde que Cristo nos redimió padeciendo en la cruz, no puede haber salvación sin la cruz. Por ello, el monje Agustino Tomás de Kempis, en el siglo XIV, dirá en latín, Incruce salus. En la cruz está la salvación. A lo que San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas en el siglo XVI, nos exhorta diciendo, Pide a Dios no que te libre del sufrimiento, sino que te conceda la gracia de llevarlo por su amor, como Cristo lo llevó por ti. ¿Y qué decir de lo que el monje francés del siglo XII, San Bernardo de Claraval, aseguró? No hay camino más seguro para llegar a Dios que el de la tribulación. La cruz es el regalo que Dios hace a los que más ama. Aquí, el artículo de Proyecto Emmaus se detiene a desmenuzar la catequesis contenida en esta breve frase. Esta declaración es significativa. Se refiere a que el cristiano, unido a Cristo, puede ofrecer a Dios sus sufrimientos, ya sean voluntarios, como por ejemplo a través de penitencias elegidas, o con los involuntarios, que son todos los que llamamos cruces, esas tribulaciones permitidas por la providencia. Todas esas penas temporales, soportadas con paciencia y amor a Dios, pueden ser aplicadas como satisfacción por nuestra santificación y purificación de nuestros pecados. Por ejemplo, el concilio de Trento recalca la necesidad de hacer penitencia incluso después de recibir el perdón sacramental, pues aunque la culpa eterna es perdonada en el sacramento de la confesión, permanecen lo que llamamos las penas temporales, que éstas deben expiarse ya sea en esta vida o en el purgatorio. El mejor ejemplo para comprenderlo es cuando rompemos el vidrio de un vecino. Se puede acudir y pedir perdón por la falta y quedar absuelto. Pero, ¿y el vidrio roto? ¿No sigue acaso en pedazos? ¡Exacto! Eso es lo que la penitencia hace. Lo restaura por uno nuevo. resultando en que la iglesia mandara obras de penitencia tras la absolución del sacramento de la reconciliación, tales como rezar, ayunar, dar limosna, y esto para cooperar con Cristo en purificar las consecuencias del pecado. Aterrizamos entonces a la gran pregunta. ¿Puede un cristiano ofrecer sus sufrimientos por la salvación de otros? La respuesta es

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sí.

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¿Cómo? En virtud de la comunión de los santos. Santo Tomás de Aquino, el santo teólogo dominico del siglo XIII y otros escolásticos enseñaron que, aunque estrictamente sólo Cristo pudo merecer la redención de todos, Dios acepta que los santos intercedan porque todos estamos unidos en la caridad de Cristo. Es así que Santo Tomás sostiene que el ofrecimiento de los sufrimientos de uno puede aprovechar a otro, en cuanto ambos están unidos en la caridad, en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Un ejemplo conmovedor es el de Santa Teresita del Niño Jesús, monja francesa del siglo XIX que ofreció sus últimos padecimientos de tuberculosis por la salvación de las almas. Y es que esta dimensión de solidaridad redentora se resume en la invitación que la Virgen de Fátima hace en su aparición de 1917 a los pastorcitos. Ofreceos por los pecadores y decid muchas veces, especialmente al hacer algún sacrificio. Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados. resaltando la comunión de los santos, de que somos el cuerpo de Cristo, y que si un miembro sufre, todos sufren con él, y si uno se alegra, todos se alegran con él. Esto es bíblico. O aquello en la segunda carta a los Corintios de San Pablo, que apoya esta doctrina con claridad al escribir. Estas pruebas nuestras son para consuelo y salvación de ustedes. Y de igual modo nuestro consuelo será consuelo para ustedes cuando tengan que soportar los mismos sufrimientos que ahora padecemos nosotros. Si ustedes comparten nuestros sufrimientos, también compartirán nuestro consuelo. Se lo decimos y lo esperamos con mucha firmeza. Esta es la fascinante realidad que llamamos comunión de los santos. Todos somos miembros de un solo cuerpo, de manera que nos afecta lo que otros padezcan o celebren, siempre unidos a la cabeza que es Cristo. Finaliza el artículo de Proyecto Emmaus con estas palabras. Santa Catalina de Siena, mística y laica dominica del siglo XIV dirá No se llega al cielo en carroza, se llega a fuerza de lágrimas y amor crucificado. Por este motivo brilla en la espiritualidad monástica y ascética la aceptación alegre del sacrificio como virtud esencial. Su núcleo se encuentra enraizado en el abandono a la divina providencia, recibiendo de la mano de Dios tanto las cosas agradables como las dolorosas, confiando en que todo sucede para el bien de los que aman a Dios. Por tanto, cada contrariedad es una valiosa ocasión de ejercicio Para crecer en paciencia, humildad, obediencia o fe. ¿Cuál es la actitud bíblica ante el sufrimiento, sobre todo ante el que no podemos evitar? John Gallo, sacerdote belga de la Orden de los Jesuitas, en su libro ¿Por qué el sufrimiento? nos da cuatro claves fundamentales que dicen así. 1. Aceptar la voluntad de Dios. En el momento de la prueba, aceptar confiados la voluntad del Padre requiere un profundo sacrificio para reconocer en lo que nos sucede una manifestación del plan divino. De lo contrario, todo parecería un sinsentido. Ciertamente que aceptar nuestras penas y sufrimientos es menos difícil cuando nuestra voluntad suele estar anclada en la voluntad del Padre. No le pedimos acaso en cada Padre nuestro La voluntad de Dios no busca el sufrimiento por el mero sufrimiento. No, jamás se detiene ahí. Solamente la fe puede hacernos discernir la bondad inmensa de nuestro Padre Celestial en medio de la prueba y no caer en la trampa de creer que recibimos la maldad de un Dios severo. La experiencia de fe nos enseña que la prueba viene únicamente del amor del Padre, convirtiéndose así en una gracia, un regalo, pues purifica todos nuestros deseos e intenciones. El libro del Eclesiástico enseña con maravillosa claridad. Acepta todo lo que te pase y paciente cuando te hayas botado en el suelo, porque así como el oro se purifica en el fuego, así también los que agradan a Dios pasan por el crisol de la humillación. Confía en Él y te cuidará. Sigue el camino recto y espera

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en Él.

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3. Ofrecer el sufrimiento. No hay una aceptación plena del sufrimiento si no se convierte en una ofrenda. No se trata de asumir ni meramente soportar, sino de ofrecer como un regalo al Señor. El cristiano no tiene que ver jamás el sufrimiento como un simple hecho personal, sino que el horizonte de todo dolor en la perspectiva divina es la obra de la salvación de la humanidad, tal como nos muestra San Pablo en su carta a Timoteo. Por eso lo soporto todo por el bien de los elegidos, es decir, por los cristianos y los que llegarán a escuchar algún día el Evangelio, para que también ellos alcancen la Y número 4. Descubrir el gozo. Concluye el padre jesuita John Gallo que el cristiano no puede recorrer el camino del sufrimiento sin estar seguro que de él brotará la alegría. El sufrimiento permite al amor desarrollarse al máximo, pues éste desarrolla el más auténtico gozo. Recordemos que el cristianismo es la espiritualidad del amor que desemboca a través del dolor en una felicidad superior. El más claro ejemplo es la resurrección de Cristo, en donde la cruz pasa a ser símbolo de victoria y donde la muerte adquiere su más grande sentido. La cruz. ¿Cuánto hemos hablado de lo que nos pesa y nos abruma? Pero es imposible estar cerca de Cristo sufriente, clavado en ella, sin ver a su Madre Santísima de pie frente a Él, con una espada que atravesaba su alma, provocándole un inenarrable dolor. Ella, a quien Dios quiso hacer partícipe en su obra redentora, le ofreció su profunda amargura al Padre Celestial con todo su amor, confiando en la salvación que su hijo traía. La huida a Egipto, haber perdido a Jesús en el templo, la incomprensión de sus familiares, el rechazo de numerosos judíos, la flagelación y crucifixión de su Hijo y Señor, a quien amaba con el amor que sólo una criatura sin mancha de pecado, llena de la gracia de Dios e inmaculada, podía hacerlo. Con razón, los santos de la iglesia se han maravillado al contemplar el precioso ejemplo que ella, como nuestra madre, nos da al estar de pie, por gracia divina, ante la cruz, viendo a su hijo morir. De ahí que podamos leer frases conmovedoras como estas cuatro. San Alfonso María de Ligorio El martirio de María fue el más grande después del de su hijo, porque fue un martirio del corazón. Santa Brígida de Suecia. Así como el dolor de Cristo fue grande en su cuerpo, así el dolor de María fue grande en su alma. Santo Padre Pío de Pietrelchina. El dolor de la madre estaba unido al del hijo en un sacrificio perfecto de amor. y San Anselmo de Canterbury. El sufrimiento de María fue tan grande que si se repartiera entre todas las criaturas, morirían al instante. Hace unas semanas, en una breve homilía de Viernes Santo, el sacerdote nos recordó un detalle precioso al explicarnos lo siguiente. Al pie de la cruz, la Virgen María sufría, traspasada por la espada en el alma, como lo había profetizado el anciano Simeón en la presentación de Jesús en el templo. Me parecen potentes las palabras del himno compuesto por Jacopone da Todi, que suena en este día y que lleva por título Stabat Mater, en que la primera parte canta Queridos hermanos, contemplemos hoy estas profundas palabras. Del latín, estaba la madre. Estaba, permanecía, no pedía explicaciones, no se quejaba, no perdía la esperanza. Allí, al pie de la cruz, María, la Madre del Redentor y Madre Nuestra, sencillamente estaba. Habitando aquel instante con toda su alma, estaba de pie ante la cruz. Estaba María junto al Hijo, ofreciendo todo su corazón al Padre. Al meditarlo en el Santo Rosario, siempre me sorprende el sufrimiento de la Madre de Dios, porque imagino la capacidad que Dios mismo le concedería a la Virgen al ser inmaculada de sufrir, de entregarse. ¿Alguna vez te has detenido a meditar sobre la capacidad que una criatura pura en cuerpo y alma tiene de amar? ella es el más grande ejemplo de que no siempre tenemos que comprender el por qué o el para qué de lo que nos sucede, sino que debemos abandonarnos como hijos en los brazos de nuestro Padre amoroso y eterno. Descansar en su voluntad divina y seguir avanzando en la prueba, confiando. Es maravilloso que el Espíritu Santo inspirara al evangelista San Lucas a dejar plasmadas estas palabras como aconsejándonos a ti y a hoy. María por su parte guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. Gracias por acompañarme en este tema tan complejo y del que el ser humano no tiene todas las respuestas. ¿Por qué y para qué sufrimos? ¿Por qué mueren los inocentes y se gozan los malvados? Pero lo que sabemos es que Dios es todopoderoso y que nos sigue animando con las palabras con que le respondió a San Pablo en medio de su dolor. Te basta mi gracia. mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad. A lo que acto seguido el apóstol añadía alegre, «Con mucho gusto, pues, me apreciaré de mis debilidades para que me cubra la fuerza de Cristo». Te invito a reflexionar esto a lo largo del día. La siguiente oración es preciosa, mayormente conocida como el ofrecimiento diario. Su origen está vinculado al apostolado de la oración, una obra fundada en el siglo XIX por los jesuitas en Francia. Surgió hacia el año 1844, promovida por el jesuita François Xavier Gautrelet, quien enseñó a los estudiantes a ofrecer su vida cotidiana en sus oraciones, trabajos y sacrificios en unión con Cristo. He llegado a aprenderme esta oración de memoria, por lo que la rezo en la mañana antes de iniciar mis actividades. Cuánto me ha ayudado a ver mi día de una manera distinta, tranquila ante lo que se presente, pues es la voluntad de Dios la que guía cada instante. La oración dice así. Oh Jesús. Por el Inmaculado Corazón de María, te ofrezco mis oraciones, obras, alegrías y mis sufrimientos de este día, en unión con el santo sacrificio de la misa en todo el mundo. Los ofrezco por todas las intenciones de tu sagrado corazón, la salvación de las almas, la reparación del pecado y la reunión de todos los cristianos. Te pido en especial por el Papa y las intenciones que ha confiado este mes al apostolado de la oración.

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Amén.

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Anímate, elige seguir a Cristo cada día con todo tu corazón. No importa si caes, acércate al sacramento del perdón y confía en su divina misericordia. No temas, que Él te sostiene en cada paso. Recíbelo en cada eucaristía. Avanza por el camino de la santidad, pues solamente así somos libres de verdad.

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Gracias.