Libres de Verdad
Mi nombre es Brenda, una mujer cristiana católica por gracia de Dios desde mi nacimiento, y hoy, por convicción.
Más que nunca, el mundo necesita de creyentes y practicantes DECIDIDOS. Ya lo aseguraba santa Teresa de Ávila: "El demonio teme a las almas decididas".
Escucha, conoce, atrévete a seguir a Cristo y vive lo que es una aventura, que no solo vale la pena, sino la vida.
Libres de Verdad
32. Admirable- La vida de San Ambrosio de Milán
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Mirar al pasado en la historia del cristianismo ¡es como abrir un álbum familiar!
¿Creían ellos lo mismo que yo profeso hoy? Esta es la gran pregunta que ha traído a tantos cristianos hacia el rebaño pastoreado por san Pedro y sus sucesores.
La Biblia manifiesta este pedido tan especial en la Carta a Tito 1, 7 y 9:
"El que está al frente de la comunidad (el obispo), al ser administrador de Dios... debe estar firmemente adherido a la enseñanza de la fe, que es digna de confianza, para que sea capaz de exhortar con una sana doctrina y de refutar a los que la contradicen."
¡Acompáñame a aprender sobre un obispo del siglo IV!
¿Alguna vez te has sentido perdido, sin misión y esperanza? Yo también experimenté ese vacío, pero un encuentro tocó mi corazón transformando mi vida. Hola, soy Brenda, y hoy quiero recordarte que en Medio del Mundo... Podemos perdernos volviéndonos esclavos. Pero hay alguien que ha roto las cadenas del pecado y de la muerte para siempre. Dios lo ha hecho por amor a ti, a mí, por nosotros, para que seamos libres de verdad. Nunca podré olvidar cuando leí sobre los primeros cristianos. Aprendí que el periodo que conocemos como Iglesia Primitiva abarca desde el año 33 d.C., tras la muerte, resurrección y Pentecostés, hasta el año 313, cuando el emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán. La iglesia primitiva. Tan solo considerarla me parecía muy lejana a mí. ¿Qué pueden enseñarme ellos hoy? Solía pensar. Después de todo, no tenían avances tecnológicos. Andaban predicando a pie. En pocas palabras, eran bastante sencillos. Aunque eso sí, experimentaban una tras otra persecución. Echados a los leones, decapitados, quemados vivos, crucificados, traspasados por lanzas, mutilados hasta fallecer. ¡Qué tiempos perversos eran aquellos! reflexionaba mientras leía sobre sus impactantes vidas. ¿Sabías que los primeros 31 sucesores de San Pedro, papas de la iglesia, murieron mártires? El primero fue San Pedro y el último fue San Eusebio en el año 309. Mucho había escuchado de algunos grupos de cristianos no católicos, con la excepción de los luteranos y los anglicanos que se separaron de la iglesia en el siglo XVI, que ellos aún conservan imágenes y estatuas en sus iglesias. Pues mucho había escuchado que en otras denominaciones cristianas no católicas, prohíben el uso de imágenes argumentando que llevan al pecado de idolatría. Entonces investigué. Esta palabra proviene de dos Un ídolo es algo que toma el lugar de Dios y la tría es adoración. ¿Acaso la Iglesia Católica ha enseñado que la Virgen María y las figuras de los santos ocupan el lugar de Dios y que debemos adorarlos a ellos? No lo encontraremos ni en la Biblia, ni en el Catecismo, ni en ningún documento oficial de la Iglesia. Además, vaya sorpresa la que me llevé cuando aprendí que lo que se encontró al interior de las catacumbas en Roma eran algunos frescos o imágenes. Porque en estos lugares subterráneos en que se escondían los primeros cristianos perseguidos para la Eucaristía, se resguardan las primeras expresiones del arte cristiano que van desde los siglos II al IV. Es una clara evidencia histórica de que los primeros cristianos utilizaban imágenes religiosas, no precisamente para idolatría, sino como símbolos pedagógicos y de fe. Por ejemplo, los arqueólogos explican que el fresco o la pintura más famosa en las catacumbas de San Calixto o de Santa Priscila es aquel que representa a Jesús cargando una oveja, simbolizando su cuidado y su sacrificio por las almas. Se halló una de las pinturas marianas más antiguas del siglo III, ubicada en la catacumba de Santa Priscila, que muestra a la Virgen María con el niño Jesús en brazo. ¿No te suena que su manera de vivir su fe cristiana es bastante católica? Igualmente, hay representaciones de algunos episodios de salvación, como Jonás y la ballena, Daniel en el foso de los leones, o Jesús y la multiplicación de los panes. Una alusión muy eucarística, ¿no crees? Este precioso y maravilloso viaje que emprendí hace algunos años fue como abrir un cofre del tesoro y darme cuenta que mi fe en el siglo XXI es verdaderamente apostólica. pero ¿cuántos no lo saben? Muchos son los cristianos que no han viajado por las arenas del tiempo, hacia lo que vivieron los primeros discípulos de Jesús. He aprendido mucho de San Agustín, y precisamente él me introdujo a otro gran hombre de Dios del siglo IV, naciendo en el año 340 y muriendo en el año 397. Me refiero al incansable San Ambrosio de será que él era un cristiano que creía lo mismo que yo hoy me cuestioné intrigada pero te adelanto dos de sus frases que me han aclarado toda duda comentarios sobre el salmo 40 donde está pedro allí está la iglesia y donde está la iglesia no hay muerte sino vida eterna Tratado sobre el Evangelio de San Lucas. Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor. Que en todos resida el espíritu de María para exultar a Dios. Dios obró de manera evidente en la vida de San Ambrosio, a tal grado que se le llevó a considerar como uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente. ¿Qué significa ser nombrado como doctor de la Iglesia? Este es un reconocimiento oficial hecho a algunos hombres y mujeres católicos bajo tres criterios que son... su santidad de vida, por lo que el candidato debe haber sido previamente canonizado, declarado santo. Número dos, su doctrina eminente, es decir, contar con una profundidad teológica y espiritual extraordinaria que haya trascendido su época. Y finalmente, que exista una proclamación oficial de ello en la iglesia por parte del Papa. Adentrémonos ahora sí en la vida de este gran santo. Corazones.org, página oficial de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María, Instituto Religioso Católico fundado en Miami, Estados Unidos, en 1990, nos narra su impactante vida que dice así. San Ambrosio nació en Tréveris, probablemente en el año 340 d.C. Su padre, que se llamaba también Ambrosio, era entonces prefecto de la Galia, título que podríamos imaginar como un gobernador de grandes territorios. El prefecto murió cuando su hijo San Ambrosio era todavía joven, por lo que su esposa volvió con la familia a Roma. La madre de San Ambrosio dio a sus hijos una educación esmerada y puede decirse que el futuro santo debió mucho también a su hermana Santa Marcelina, quien fue una virgen consagrada en la vida diaria, recibiendo su velo del mismísimo Papa Liberio. Ella, siendo la hermana mayor, influiría profundamente en la vida de San Ambrosio. El joven aprendió el griego, llegó a ser buen poeta y orador, dedicándose así a la abogacía, con la cual llamó la atención de Quinto Aurelio Simaco, destacado político y orador romano que era pagano. Por su parte, Claudio Provo era un destacado prefecto del Pretorio de Italia, un alto cargo en el Imperio Romano que podríamos entender como un tipo de primer ministro hoy. Y él, a diferencia de Címaco, sí que era un ferviente cristiano. San Ambrosio defendió ante Provo varias causas con tal éxito que Provo lo nombró como asesor suyo. Más tarde, el emperador Valentiniano I nombraría al joven Ambrosio como gobernador con residencia en Milán. Cuando Ambrosio se separó de Provo, éste le recomendó «Gobierna más bien como obispo que como juez». Y es que el oficio que se había confiado Ambrosio era del rango consular y constituía uno de los puestos de mayor importancia y responsabilidad en el Imperio de Occidente. Es importante mencionar que años antes, el antiguo emperador Constancio II había exiliado al obispo católico de aquel momento, Dionisio, porque como emperador apoyaba la herejía arriana. Esta herejía negaba que Jesús fuera como el Padre de naturaleza divina, alegando que Jesús había sido creado. Este error ya había sido condenado en el concilio de Nicea del año 325. Sin embargo, desafortunadamente, observamos que aún hoy perdura, por ejemplo, en la visión equivocada de los testigos de Jehová. Decíamos entonces que, una vez desterrado el obispo católico Dionisio, el emperador colocó a la fuerza al obispo hereje Auxencio. Es así que años después, este obispo arriano, que había gobernado el territorio de Milán durante casi 20 años, murió en el año 374, lo que creó un gran caos en la ciudad, dividiéndola en dos partidos. Unos querían a un obispo fiel a la fe de la Iglesia Católica y otros a un arriano. Para evitar que la división terminara en pleito, San Ambrosio acudió a la iglesia en la que iba a llevarse a cabo la elección y exhortó al pueblo a que actuara pacíficamente y sin disturbios. De pronto, mientras el santo hablaba, alguien entre la muchedumbre gritó, ¡Ambrosio, obispo! Todos los presentes estuvieron de acuerdo, así que repitieron aquel grito con más fuerza. Tanto los católicos como los arrianos elegían unidos al santo para ese cargo. Ambrosio, por su parte, quedó muy desconcertado, pues aunque era cristiano, no estaba todavía bautizado. Esto era normal en los primeros siglos del cristianismo, ya que siempre se ha creído que el bautismo borra todos los pecados, resultando en que en aquellos tiempos se pospusiera hasta la vejez. San Ambrosio era un catecúmeno, un cristiano en formación. Asistía a la iglesia, rezaba y vivía bajo la moral cristiana, aunque no había dado aún el paso definitivo que era el bautismo. De ahí su gran sorpresa ante el grito de ser aclamado obispo, pues era necesario bautizarse. Pero a pesar de su negación, los obispos allí reunidos confirmaron su nombramiento por aclamación del pueblo. Ambrosio insistía que no quería el cargo, porque sentía una gran humildad y pequeñeza de tal compromiso religioso, lo que le llevó a tratar de huir de Milán. El emperador Valentiniano I recibió un informe sobre lo sucedido, pero Ambrosio también le escribió, rogándole que le permitiese renunciar, a lo que Valentiniano I, como cristiano que era, le respondió que se sentía muy complacido por haber sabido elegir un gobernador que era digno de ser obispo. mandando así al vicario de la provincia para que tomase las medidas necesarias para consagrar al joven. ¿Pero qué crees? Este trató de escapar una vez más, escondiéndose en casa del senador Leoncio. Pero cuando Leoncio se enteró de la decisión del emperador, entregó al santo y este no tuvo más remedio que aceptar. San Ambrosio recibía en el lapso de una semana el bautismo, la ordenación sacerdotal y el 7 de diciembre del año 374 se le confería la consagración episcopal. Ya era obispo de Milán. Tenía algunos 35 años. Consciente de tener que renunciar a su carrera de abogado y ante la gran tarea espiritual que había recibido de guiar como pastor al rebaño de Cristo en Milán, repartió entre los pobres sus bienes y cedió a la iglesia todas sus tierras y posesiones. Lo único que conservó fue una renta para su hermana consagrada, Santa Marcelina. Confió a su hermano que sería también un santo, de nombre Sátiro, la administración financiera de su diócesis, para poder él consagrarse exclusivamente al ministerio espiritual como obispo. Me fascina cómo tantos hombres de Dios se influyeron mutuamente, exhortándose a perseverar y luchar por la verdad. Por ejemplo, San Basilio, obispo oriental en Capadocia, la actual Turquía, le redactó una carta a San Ambrosio para felicitarlo, o más bien dicho, para felicitar a la iglesia por su elección. Y al mismo tiempo, para impulsarlo a combatir vigorosamente a los herejes arrianos apegándose a la fe profesada en el concilio de Nicea, fe que proclamaba que Cristo era todo Dios y todo hombre, ya que tanto daño le ocasionaban los arrianos también a San Basilio en Oriente. Al leerla, San Ambrosio se sintió conmovido y a la vez se percató de saber poco en las cuestiones teológicas. Pero esto no lo detuvo. Fiel defensor de la fe apostólica, se entregó al estudio de la Sagrada Escritura y a las obras particularmente del mismo San Basilio. En ello no estuvo solo, porque en sus estudios lo dirigió San Cipliciano, un sabio sacerdote romano a quien amaba como amigo, honraba como padre y reverenciaba como maestro. Ocurriendo así que San Ambrosio combatiera luego con tanto éxito el arianismo que erradicó la herejía casi por completo de Milán. El santo vivía con gran sencillez y trabajaba infatigablemente. Se relata que solo cenaba los domingos, los días de fiesta de algunos mártires famosos y los sábados. Tampoco asistía a los banquetes, pero eso sí, todos los días celebraba la Santa Misa por su pueblo y vivía consagrado enteramente al servicio de su rebaño. Los fieles podían hablar con él siempre que lo desearan. ¡Cuánto lo amaban y admiraban! El mismísimo joven, que algún día se convertiría en un obispo, el gran San Agustín, fue a verlo y a conversar con él varias veces.
UNKNOWN¡Gracias!
SPEAKER_00Por aquella época se cuenta que ciertos senadores trataron de restablecer en Roma el culto a la diosa Victoria. El grupo estaba encabezado por Quinto Aurelio Simaco, quien le pidió a Valentiniano II, quien era ahora hijo del difunto emperador, pero que se identificaba como arriano, a diferencia de su padre cristiano. Pues a él, Simaco le pidió que reconstruyese el altar de la Victoria en el Senado, porque a esta diosa se le atribuían los triunfos y la prosperidad de Roma. Símaco redactó muy hábilmente su petición, apelando a la emoción, empleando argumentos que se oyen hoy todavía, tales como ¿Qué importa el camino por el que cada uno busca la verdad? Existen muchos caminos para llegar al gran misterio. La petición era un ataque velado contra el obispo católico San Ambrosio. Cuando el santo se enteró en privado de la existencia del documento, escribió al emperador pidiéndole que le enviase una copia y reprendiéndole por no haberle consultado inmediatamente en este asunto que concernía la religión. Luego escribió una respuesta que sobrepasaba en elocuencia a la petición de Simaco y la demolía punto por punto. Tanto el escrito de Simaco como el de San Ambrosio fueron leídos ante el emperador y su consejo, y no hubo discusión alguna. Valentiniano II dijo a los presentes, «Mi padre no destruyó los altares y nadie le pidió tampoco que los reconstruyese. Yo seguiré su ejemplo y no modificaré el estado de las cosas». Su madre, la emperatriz Justina, no se atrevió a apoyar abiertamente a los arrianos mientras vivía su esposo, que era cristiano, pero al acercarse la Pascua del año 385, indujo a su hijo Valentiniano a reclamar la Basílica Porcia, actualmente llamada San Víctor, situada en las afueras de Milán, para cederla a los arrianos, entre los que se contaban ella y muchos personajes de la corte. Nunca entregaré un templo de Dios, replicó firme el obispo. Entonces, Valentiniano envió a unos mensajeros a pedir la nueva basílica de los apóstoles, pero el santo obispo tampoco cedió. El emperador mandó entonces a sus cortesanos a apoderarse por la fuerza de la basílica. Sin embargo, los milaneses, enfurecidos ante eso, tomaron prisionero a un sacerdote arriano. Al enterarse de lo sucedido, San Ambrosio pidió a Dios que no hubiera violencia, enviando así a varios sacerdotes y diáconos a rescatar al prisionero arriano. la multitud y el ejército defendían a San Ambrosio, quien evitó hacer o decir algo que pudiese desatar la violencia y poner en peligro al emperador y a su madre. Es verdad que se negó a entregar las iglesias, pero se abstuvo de oficiar la misa en ellas para no encender los ánimos. Ocurrió así un hecho bastante conocido. Dentro de la iglesia, mientras que el santo explicaba un pasaje del libro de Job al pueblo, irrumpió en la capilla un pelotón de soldados, a los que les habían dado la orden de atacar, pero ellos se negaron a obedecer y entraron a orar con los católicos. A los pocos momentos, todo el pueblo se dirigió a la basílica contigua. arrancaron las decoraciones que se habían puesto para recibir al emperador y las dieron a los niños para que jugaran con ellas. San Ambrosio no aprovechó ese triunfo y no entró en la basílica sino hasta el día de la Pascua, cuando Valentiniano retiró de ahí a sus soldados. En enero del año siguiente, irritada, la emperatriz Justina convenció a su hijo de que promulgase una ley para autorizar a los arrianos a celebrar reuniones y que se las prohibiera a los católicos. Ley que amenazaba con la pena de muerte a quien tratase de impedir las reuniones de los arrianos. Además, se condenaba al destierro a quien se opusiese a que las iglesias fuesen concedidas a los herejes arrianos. San Ambrosio no hizo caso de la ley y se negó a entregar una sola iglesia. Aún así, nadie se atrevió a tocarle a lo que agregó. Yo he dicho ya lo que un obispo tenía que decir, que el emperador proceda ahora como corresponde a un emperador. ¿Cómo voy yo a entregar las iglesias de Jesucristo? El domingo de Ramos, el santo predicó sobre su decisión de no entregarlas, provocando que el pueblo, temeroso de la venganza del emperador, se encerrara con él en la basílica. Las tropas imperiales la sitiaron, queriendo matarlos de hambre. Pero ocho días después, el pueblo seguía ahí. Para mantenerlos ocupados, San Ambrosio se dedicó a enseñarles himnos y salmos que él mismo había compuesto. Todos cantaban en coros alternados. Al ver el intento fallido, el emperador envió al tribuno Dalmacio a hablar con el santo, proponiendo que Ambrosio y el obispo arriano, también de nombre Auxencio como el anterior, eligieran conjuntamente un grupo de jueces para decidir la cuestión. Si San Ambrosio no aceptaba, debía retirarse y dejar la diócesis en manos del arriano ausencio de manera que ambrosio respondió por escrito al emperador haciéndole notar que los laicos pues valentiniano había propuesto que se eligiesen jueces laicos no tenían derecho a juzgar a los obispos ni a dictar leyes eclesiásticas el santo subió al púlpito y expuso al pueblo en una sola frase el fondo de la disputa una frase bastante recordada aún hoy El emperador está en la iglesia, no sobre la iglesia. Entretanto, llegó la noticia de que Máximo un ambicioso general que gobernaba a los soldados romanos en Britania, la actual Gran Bretaña, con el pretexto de la persecución hacia los católicos y por ciertas cuestiones de fronteras, estaba preparándose para invadir Italia. Valentiniano II y su madre Justina, sobrecogidos por el pánico, rogaron entonces a San Ambrosio que acudiera a impedir la invasión de Máximo, olvidando todas las injurias públicas públicas y privadas, el santo emprendió el viaje. El general máximo, que estaba en Tréveris, se negó a concederle una audiencia privada, a pesar de que Ambrosio era obispo y embajador imperial, proponiéndole recibirlo en una asamblea pública. Cuando Ambrosio fue introducido a la presencia de Máximo y éste se levantó del trono para darle el beso de paz, el santo permaneció inmóvil y se negó a acercarse a recibir el gesto. Demostró públicamente a Máximo que la invasión que proyectaba era injustificable, que constituía una deslealtad. Desde su llegada a Tréveris, Ambrosio se había negado a mantener la comunión con los obispos de la corte que habían participado en la ejecución de un hereje, tampoco queriendo simpatizar con el general máximo. Por ello, se le ordenó al día siguiente que abandonase Tréveris. Regresó a Milán, no sin antes escribir a Valentiniano para contarle lo sucedido y aconsejarle que no se dejase engañar por Máximo, pues consideraba a este como un enemigo velado que prometía la paz, pero buscaba la guerra. En efecto, Máximo invadió súbitamente Italia, donde no encontró oportunidad Justina y Valentiniano huyeron a Grecia buscando el amparo del emperador de Oriente, Teodosio, dejando en Milán a San Ambrosio para que hiciese frente al conflicto. Efectivamente, el emperador Teodosio le declaró la guerra a Máximo, lo derrotó y lo ejecutó. devolviendo a Valentiniano II sus territorios, aunque en realidad Teodosio fue quien gobernó desde aquella victoria el imperio. Permaneció algún tiempo en Milán y animó a Valentiniano a abandonar el arianismo y a tratar a San Ambrosio con el respeto que merecía un obispo verdaderamente católico. Y es que el emperador Teodosio era un ferviente cristiano católico, arraigado en la fe del concilio de Nicea. no dejaron de surgir conflictos entre Teodosio y San Ambrosio. Por ejemplo, en el año 390 llegó a Milán la noticia de una horrible matanza que había tenido lugar en Tesalónica. Buterico, el gobernador, había encarcelado a un cochero que había seducido a una sirvienta de palacio y se negó a ponerlo en libertad por más que el pueblo quería verlo morir en el circo romano. La multitud se enfureció tanto ante la negativa que mató a pedradas a varios oficiales asesinando hasta a Buterico Teodosio irritado ordenó que se tomasen represalias increíblemente crueles Los soldados rodearon por fuera el circo romano cuando todo el pueblo se hallaba congregado en él y entonces se lanzaron contra la multitud La matanza duró cuatro horas los soldados asesinaron a siete mil personas sin distinción de edad sexo ni de grado de culpabilidad el mundo entero quedó aterrorizado y volvió los ojos a San Ambrosio quien reunió a los obispos para consultarle sobre el caso enseguida escribió al emperador Teodosio una carta muy seria en la que le exhortaba a aceptar la penitencia eclesiástica y declaraba que no podía ni estaba dispuesto a recibir su ofrenda y celebrar ante él los divinos misterios hasta que hubiese cumplido esa obligación al redactar. Los sucesos de Tesalónica no tienen precedente. Es humano y se ha dejado vencer por la tentación. Le aconsejo, le ruego y le suplico que haga penitencia. Usted, que en tantas ocasiones se ha mostrado misericordioso y ha perdonado a los culpables, mandó matar a muchos inocentes. El demonio quería sin duda arrancarle la corona de piedad que era su mayor timbre de gloria. Arrojadlo lejos ahora que puede hacerlo. Le escribo esto de mano propia para que lo lea en privado. El emperador le respondió sin más, «Dios perdonó a David, luego a mí también me perdonará». Pero San Ambrosio replicó, «Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo una gran penitencia como la que hizo él». San Agustín mismo, bautizado tres años antes de este evento por su gran mentor San Ambrosio, plasmaba en un escrito lo siguiente. Habiendo incurrido en las penas eclesiásticas, Teodosio hizo penitencia con extraordinario fervor, y los que habían acudido a interceder por él se estremecían de compasión al ver tanto rebajamiento de la dignidad imperial, más de lo que hubiesen temblado ante su cólera, si se hubieran sentido culpables de alguna falta en su presencia. Este triunfo de la gracia divina en Teodosio y del deber pastoral en el obispo Ambrosio demostró al mundo que la iglesia no hace distinción de personas y que las leyes morales obligan a todos por igual. El propio Teodosio dio testimonio de la influencia decisiva de San Ambrosio en aquellas circunstancias al señalarle como el único obispo digno de ese nombre que él había conocido. Otro ejemplo de que la iglesia custodia celosamente lo sagrado es lo que se narra cuando un día de fiesta durante la misa en la Catedral de Milán, el emperador Teodosio se acercó al altar a depositar su ofrenda y permaneció en el presbiterio, el espacio que rodea el gran altar, por lo que San Ambrosio le preguntó si deseaba algo. El emperador dijo que quería asistir a la misa y comulgar, así que Ambrosio mandó al diácono a decirle señor durante la celebración de la misa nadie puede estar en el presbiterio os ruego que os retiréis a donde están los demás la púrpura lo hace príncipe pero no sacerdote El emperador Teodosio se disculpó y explicó que no sabía aquello, creyendo de que en Milán existía la misma costumbre que en Constantinopla, en donde la silla del emperador se hallaba en el presbiterio. Sin embargo, enseguida dio las gracias al obispo por haberle instruido y se retiró al sitio en el que se hallaban los demás fieles. Corría el año 395, cuando murió el emperador Teodosio, acompañado hasta en sus últimos momentos por San Ambrosio, quien organizó su funeral, en que ensalzó al emperador como gran modelo de gobernante cristiano, que supo vivir como hijo de la iglesia, proclamando estas palabras. Se despojó de todas las insignias de la dignidad regia y lloró públicamente su pecado en la iglesia. Él, que era emperador, no se avergonzó de hacer penitencia pública, en tanto que otros muchos menores que él se rehúsan a hacerla. No cesó de llorar su pecado hasta el fin de su vida. Poco tiempo después, el santo cayó enfermo, aunque siguió sus estudios acostumbrados y escribió una explicación del Salmo 43. Mientras San Ambrosio dictaba, Paulino, su secretario y más tarde su biógrafo, relató que vio una llama en forma de escudo posarse sobre su cabeza y descender gradualmente hasta su boca. mientras que su rostro se ponía blanco como la nieve. Sobre ello expresó, «Estaba yo tan asustado que permanecí inmóvil, sin poder escribir». Y a partir de ese día, Ambrosio dejó de escribir y de dictarme, de suerte que no terminó la explicación del Salmo. En efecto, el escrito sobre el Salmo se interrumpe en el versículo 24. Además, se cuenta que el día de su muerte, Ambrosio estuvo varias horas acostado con los brazos en cruz, orando constantemente. El obispo Honorato de Vercelli, también declarado santo, fue el encargado de darle los últimos sacramentos a Ambrosio. San Honorato describió que se hallaba descansando en otra habitación cuando oyó una voz que le pidió tres veces, levántate pronto que se muere. Inmediatamente bajó y dio la última comunión a San Ambrosio, quien murió a los pocos momentos. Era un viernes santo, el 4 de abril del 397. Tenía aproximadamente 5 Fue sepultado el día de Pascua. Sus reliquias reposan aún hoy bajo el altar mayor de una basílica que él mismo, 20 años antes de morir, había fundado bajo el nombre de Basílica Martirum, Basílica de los Mártires. Allí fue enterrado y podemos visitarla hoy en Milán. Su fiesta se celebra no el día de su muerte, sino el día de su consagración como obispo, cada 7 de diciembre. Sus libros recopilan sus numerosas reflexiones y discursos. De hecho, sus famosos comentarios exegéticos, antes de ser reunidos en libros, habían sido predicados. Por eso son tan vivos y ungidos por el Espíritu Santo. Gracias por viajar conmigo en el tiempo, hasta los primeros siglos de la iglesia. El incansable obispo de Milán, San Ambrosio, nos deja un excelente testimonio de cómo un pastor guía al rebaño de Cristo hacia la verdad, contra el error de los herejes, en este caso los arrianos. Que Dios nuestro Señor nos conceda siempre ser fuertes y valientes ante las altas y potentes olas y tormentas del mundo que azotan la barca de San Pedro. Te invito a reflexionar esto a lo largo del día. Tanto puede aprenderse del gran obispo de Milán que quisiera mencionarte algunas de sus frases que dejan claro que él no fue solo cristiano, sino hijo y defensor de la iglesia fundada por Cristo, católico, Sus propias palabras lo evidencian y al mismo tiempo nos animan a sentirnos orgullosos de nuestra fe que continúa intacta. La iglesia es la nave que navega bien en este mundo al soplo del Espíritu Santo con las velas de la cruz del Señor totalmente desplegadas. Quiero seguir en todo a la iglesia de Roma. No hago más que seguir al apóstol Pedro. Estoy fielmente apegado a su piedad. Cristo, Él es todo para nosotros. Si tienes heridas que curar es médico si necesitas ayuda él es fuerza si le temes a la muerte él es vida si tienes hambre él es comida y en cuanto al pan y el vino consagrados evidenciando su creencia en la transubstanciación dice lo siguiente Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido Sino lo que la bendición ha consagrado Y de que la fuerza de la bendición supera la de la naturaleza Porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada La palabra de Cristo que pudo hacer de la nada lo que no existía No podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía, porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela. Anímate, elige seguir a Cristo cada día con todo tu corazón. No importa si caes, acércate al sacramento del perdón y confía en su divina misericordia. No temas, que Él te sostiene en cada paso, recibelo en cada eucaristía. Avanza por el camino de la santidad, pues solamente así somos libres de verdad.