Libres de Verdad

33. Niños- ¡Dios siempre te ve como su hijo amado!

Season 1 Episode 33

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¿Eres un joven o un adulto que ha olvidado lo que significa ser un pequeño de nuevo? Necesitas aprenderlo, porque... 

¡Dios nos pide volvernos como ellos para entrar al Reino de los Cielos!

¿Qué significa esto y cómo lograrlo?

Acompáñame y te sorprenderás. 

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¿Alguna vez te has sentido perdido, sin misión y esperanza? Yo también experimenté ese vacío, pero un encuentro tocó mi corazón transformando mi vida. Hola, soy Brenda, y hoy quiero recordarte que en medio del mundo podemos perdernos volviéndonos esclavos. Pero hay alguien que ha roto las cadenas del pecado y de la muerte para siempre. Dios lo ha hecho por amor a ti, a mí, por nosotros, para que seamos libres de verdad. Dios te ama muchísimo. Él es fiel en su amistad contigo, ¿y qué le prometes hoy a Él? Cuestionaba el sacerdote a los niños durante la homilía de su primera comunión. Ser su amiga hasta la eternidad, dijo con gran sinceridad una niña. Conmovido por aquella breve pero profunda respuesta, el padre agregó, ¿saben lo que esto significa, ser eternamente su amigo? Esto es que cada día hablarán con Él y lo frecuentarán hasta que sean adultos y aún más allá, hasta que estén algún día en su bendita presencia en el cielo. Recuerden algo muy importante. Ser amigos de verdad requiere fidelidad. Así como van con sus amigos y pasan tiempo con ellos, así también frecuentemos a Jesús en el Sagrario durante la semana y en la misa todos los domingos, con amor y alegría. Me recordó la sencillez de ser niños. ¿Cuántos santos han hablado de entregarse como ellos, confiados y conscientes de su pequeñez al Padre Celestial? ¿Te acuerdas cómo eras de pequeño? ¿Cuáles eran tus miedos, tus sueños, tus alegrías? Me sentí profundamente emocionada cuando los niños se colocaron cerca del lambón para leer cada uno una petición durante la plegaria universal. Sus voces inocentes pidiendo por los enfermos, los olvidados, el fin de la guerra, por los niños sufriendo maltrato o abuso, hasta elevando una súplica en defensa de los bebés que aún estaban en los vientres de sus madres. No podía dejar de considerar su inocencia Su corazón limpio. ¿Cómo iba a negarse nuestro Padre Celestial a responderles ante tanta ternura? Pensé. Y en aquel instante, escuché en mi corazón como agregando, Así te ve a ti tu Padre Celestial, aunque seas un adulto. Se enternece con tu pequeñez, tu necesidad de ayuda, de su gracia divina. ¿Cómo va a abandonarte quien mandó a su hijo único a morir por ti? ¿No promete su palabra acaso que aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, él en cambio jamás se olvidaría de ti? No pude evitar las lágrimas caer por mis mejillas y seguir reflexionando aquello. Así te ve Él a ti siempre, enternecido por tus peticiones elevadas en épocas de temor, de tristeza o de alabanza. Él es un Padre que se goza con tu sola existencia. ¿Cómo puedo ser como niño si la vida adulta me ha acostumbrado a tanto sarcasmo, cinismo, sequedad espiritual, a tener que aparentar que soy fuerte, a mostrarme como exitoso y pleno cuando no soy más que como un niño asustadizo, cansado de sus juguetes que no lo llenan? Es verdad que a lo largo de la vida, muchos pequeños inocentes se han sentido utilizados, desgastados ante tanta maldad en el mundo, llegando a perder la fe en las promesas de Dios. Pero, ¿qué crees? Jesús mismo afirmó en el libro del Apocalipsis. Mira, yo hago nuevas todas las cosas. Estas palabras son fieles y verdaderas. San Mateo escribía en el capítulo 18, versículo 3, algo muy significativo para el audio de hoy. Jesús expresó, En verdad les digo, si no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. ¿A qué se refería Jesús con tales palabras? La iglesia nos enseña que lo anterior significa cultivar la humildad, la dependencia total de Dios, la confianza sincera y la sencillez de corazón. Ser como niños no implica actuar con inmadurez, sino más bien con un corazón moldeable y obediente, que confía enteramente en el Padre Celestial, dejando de lado el orgullo y la que suele caracterizar a los adultos. Tan esencial es este pedido de Cristo que los cristianos de los primeros siglos, considerados padres de la iglesia, aún hoy nos enriquecen con sus escritos. Siglo II San Clemente de Alejandría Son niños los que no reconocen a otro padre que a Dios, los sencillos, los pequeños, los puros. Siglo IV San Juan Crisóstomo Se llaman niños no por su edad, sino por la sencillez de su corazón. Del mismo siglo IV San Jerónimo el niño no piensa una cosa y dice otra distinta. Vinculando así a la infancia espiritual con la pureza de intención y la ausencia de doblez. En tiempos más recientes podemos mencionar dos preciosos consejos. Siglo XIX Santa Teresa de Lisieux El camino de la infancia espiritual es el camino de la confianza y del abandono total. Siglo XIX San Antonio María Claret Un niño conservado en la inocencia a los ojos de Dios es un tesoro más precioso que todos los reinos del mundo. También el Papa San Juan Pablo II, durante su homilía de agosto de 1979, nos sumerge en este pasaje en el Evangelio de San Mateo, al ir desmenuzando lo que realmente implica para el cristiano hacerse pequeño. Esta es la respuesta desconcertante de Jesús. La condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños. Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo perpetuo, de insensibilidad ante la problemática de los tiempos. Al contrario. Pero pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos con el valor sincero simbólico que el niño encierra en ante todo el niño es inocente y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de gracia es decir la inocencia conservada o recuperada la exclusión de pecado que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo En segundo lugar, el niño vive de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así, el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la iglesia. El gran peligro, el gran enemigo es siempre el orgullo. Y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el infinito no se puede menos que ser humilde. Finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz. Un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría. Por lo que, para entrar en el reino de los cielos, es preciso tener sentimientos grandes, inmensos. Pero es también necesario saberse contentar con las pequeñas cosas, con las obligaciones mandadas por la obediencia. con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en el momento, con las alegrías cotidianas que ofrece la providencia. Es necesario hacer de cada trabajo, aunque oculto y modesto, una obra maestra de amor y perfección. es necesario convertirse a la pequeñez para entrar en el reino de los cielos. Recordemos la intuición genial de Santa Teresa de Lisieux, quien descubrió que el sentido de la pequeñez era como un ascensor que la llevaría más deprisa y más fácilmente a la cumbre de la santidad cuando escribió. Tus brazos, oh Jesús, son el ascensor que me debe elevar hasta el cielo. Por esto, no tengo necesidad en absoluto de hacerme grande. Más bien, es necesario que yo permanezca pequeña, que lo sea cada vez más. Creo que muchas veces subestimamos lo que los niños son capaces de experimentar si son atraídos a la fe por Dios como un don, y sobre todo a través del testimonio de sus padres, de familiares, enriquecido por los sacramentos de la iglesia, especialmente el del perdón y la eucaristía. ¿Alguna vez has visto con qué fervor un niño junta sus manitas arrodillado en una banca ante el sagrario? ¿Con qué humildad es capaz de admitir que tiene miedo? ¿No te has conmovido al distinguir ese deseo de ayudar al necesitado que brota de su interior cuando ve a un mendigo? El pequeño podrá quedarse pensativo, sin palabras o sin saber muy bien cómo actuar tras encontrarse frente a frente con su prójimo necesitado. Pero si prestas atención, jamás será indiferente. Y aunque demos por hecho que no sean capaces de ser fuertes y valerosos cuando la situación lo requiera, aún así Dios manifiesta su poder en ellos. Es bien conocido aquel episodio en que el incansable y aguerrido apóstol San Pablo le pide al Señor insistiendo tres veces que lo libre de un aguijón en su carne. Sin embargo, ¿te has puesto a pensar que la respuesta de Dios a San Pablo aplica también a los niños? El Señor le contestó al apóstol. Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad. A lo que San Pablo añadía gozoso, Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en el poder de Cristo. Por eso me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. En efecto, el pasaje anterior me hace pensar en dos niños que alcanzaron la santidad por medio del martirio. La página oficial de la parroquia dedicada a los santos Justo y Pastor nos relata su impactante testimonio de vida hace muchos siglos. Los santos Justo y Pastor Murieron mártires en el año 304 d.C. durante la gran persecución de Dioclesiano, siendo unos niños de menos de 10 años. Dioclesiano inició la persecución aconsejado por su yerno Galerio. Este la empezó dentro de su ejército y fue imitado por otros generales. Al comienzo de la persecución corría el año 301, pero será dos años después, en el año 303, cuando Dioclesiano promulgará el primer edicto de persecución no violenta. Aunque esto significara destruir iglesias, libros y humillar a aquellos que no renegasen de su fe en Cristo. Al año siguiente, en su último edicto, el emperador dioclesiano mandó torturar a todo aquel que no apostatase. En España, el gobernador daciano, conocido como un cruel tirano, se encargó de llevar a cabo los nuevos edictos promulgados. Sucede en este contexto histórico el martirio de los santos madrileños, justo y pastor. La veracidad de su martirio la podemos encontrar en los calendarios litúrgicos mosárabes que ya colocaban la fiesta de estos santos al igual que por el testimonio de San Paulino, quien enterró a un hijo suyo de ocho días junto a los sepulcros de los santos hacia el año 392. De estos datos se deduce que el culto a justo y pastor debió empezar en España hacia finales del siglo IV d.C. Y es que su acta de martirio no es contemporánea a los hechos, pero el ejemplo de estos santos caló tan hondo entre los cristianos de la época que su historia se transmitió oral y fielmente hasta que se puso por escrito. Su joven vida nos muestra que justo y pastor, tiernos estudiantes de aquella primitiva época, enardecidos por el ejemplo de tantos hermanos que confesaron su fe con la muerte. Un día, al salir de la escuela, arrojaron sus cartillas y se presentaron ante Daciano, confesándose como discípulos de Jesucristo. Y el procónsul los mandó degollar. Un himno de la liturgia dice, justo apenas contaba siete años, pastor había cumplido los nueve. Se conoce que en el lugar donde fueron ejecutados, años después se levantó una capilla para albergar sus restos, que fueron trasladados en el siglo VIII debido a la invasión musulmana, quizá a Francia y luego a la provincia de Huesca. Luego, en 1568, una parte de los restos regresó a Alcalá, donde se encuentran actualmente, quedando la mayor parte de sus restos en Huesca. La iglesia celebra su fiesta cada 6 de agosto. ¿Verdad que parecen tan bien entonadas por ambos pequeños aquellas palabras del adulto San Pablo? Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad para que resida en el poder de Cristo. Por eso me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Gracias por abrir tu corazón con humildad, reconociendo tu fragilidad ante Dios. Después de todo, ser adultos ante la mirada divina no borra la ternura, la compasión, la protección y el amor infinito que el Padre Celestial siente por ti como su hija o su hijo amado. Quisiera que escuches esta preciosa oración que me aprendí hace algunos meses. Estas palabras me han dado fuerzas y autoestima cuando lo he necesitado. Es fácil de aprender, por lo que te animo a repetirla. Ya verás cómo te transforma. Te invito a reflexionar esto a lo largo del día. Jesús subió a la montaña y tomando la palabra nos enseñó las bienaventuranzas. Una de ellas la llevo grabada en mi corazón, entusiasmándome cada día a perseverar en el camino de la santidad hacia la presencia del Padre, cobijada bajo el manto de la Virgen María. Es corta, pero tiene tanta riqueza como un baúl de los tesoros si la meditas diariamente. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿Cómo lograrlo? Podemos preguntarnos con inquietud, conscientes de nuestra fragilidad. No te preocupes, la Iglesia, anclada en la Palabra, el Catecismo y la enseñanza de los santos a lo largo de los siglos, nos da estos valiosos consejos. Dios es quien limpia el corazón. Por ello, el ser humano debe acudir a las fuentes de su gracia, que son perfectas. principalmente dos, acudir al sacramento del perdón frecuentemente, porque allí Cristo mismo nos escucha, nos aconseja y nos borra todo pecado, restaura la pureza del alma y nos concede la fuerza espiritual necesaria para no volver a caer. Y también recibir la Eucaristía regularmente. Comulgar el cuerpo de Cristo purifica nuestras intenciones, debilita las malas inclinaciones, fortalece nuestro amor a Dios y al prójimo, y nos llene de vida eterna. Número 2. El combate interior. La Iglesia enseña que el corazón se protege y se cultiva mediante hábitos diarios como la oración diaria, ese diálogo con Dios que nos hace sabernos amados, escuchados y fortalecidos ante cualquier situación. Cuidar nuestros sentidos. Seamos cautelosos con lo que vemos, escuchamos y decimos, pues la boca habla de lo que hay en el corazón. Meditar el Evangelio diario es conocer mejor a nuestro Salvador y nos hace vivir mejor en la verdad de lo que es seguir a Cristo. Número 3. Vivir la caridad. Un corazón limpio se demuestra en la relación con los demás a través del amor servicial y el perdón hacia quienes nos ofenden, eliminando el veneno del rencor, la envidia y el orgullo. Además, Dios nos invita a ser limpios de corazón viviendo nuestra sexualidad según su plan divino. La castidad si somos solteros. Un amor entregado y fecundo en el matrimonio, respetando así la dignidad de nuestro propio corazón cuerpo y el del otro. Recuérdalo siempre, somos templos del Espíritu Santo. Y número cuatro, vivir en humildad y sencillez. Reconozcamos nuestras propias debilidades sin desanimarnos. La iglesia nos enseña que un corazón limpio no es un corazón que nunca ha fallado, sino un corazón que siempre se levanta y pide perdón con la confianza de un niño. Anímate, elige seguir a Cristo cada día con todo tu corazón. No importa si caes, acércate al sacramento del perdón y confía en su divina misericordia. No temas, que Él te sostiene en cada paso. Recíbelo en cada eucaristía. Avanza por el camino de la santidad, pues solamente así somos libres de verdad.